Por Juanjo
Alvarez
Es tiempo de definir una política contraterrorista clara,
comprehensiva y consensuada.
El fenómeno terrorista debe ser considerado como un hecho
criminal complejo, y no una agresión de guerra, sea interna o
externa, que desarrolla acciones dirigidas a poner en peligro la
vida, integridad física o libertad, o causar estragos; generado
por móviles especiales: político-ideológicos, religiosos,
étnicos, etc.; con el fin de producir alarma, temor colectivo o
coacción; mediante el empleo de armas o elementos de elevado
poder ofensivo y perpetradas por integrantes de organizaciones
constituidas a tal fin.
Esto significa que los medios a emplear en una política
contra-terrorista son las fuerzas de seguridad y policiales —no
las fuerzas armadas—, que el marco legal que regula el empleo de
dichos medios es la legislación interna (Código procesal y penal,
más legislación especial y convenios internacionales), y que los
procedimientos de empleo de dichos medios no sólo están bajo
control político sino también judicial.
No por dejar de participar en operaciones de mantenimiento de paz
o abandonar el involucramiento multilateral en escenarios
conflictivos dejaremos de ser blancos potenciales del terrorismo.
En otras palabras, la selección de los blancos no reconoce
necesariamente una lógica político sino operativa; esto es,
golpean allí donde pueden causar más muertes que luego puedan ser
retransmitidas a toda la aldea global.
La única manera de reducir las probabilidades de ser blanco
potencial es disminuir nuestras vulnerabilidades mediante
estrategias de prevención y represión. Para ello, deben tenerse
bien presente ciertas pautas.
Primero, una política contraterrorista efectiva no depende de la
restricción de libertades individuales. Segundo, debe ser
integral y atender tanto la prevención como la conjuración.
Tercero, una política efectiva tiene que ir acompañada de un
fuerte control político. Dado que se requiere información secreta
y procedimientos encubiertos para ser eficaz, es necesario
contemplar los mecanismos de control sobre las agencias
encargadas.
En las repúblicas democráticas consolidadas, este control les
corresponde a los representantes del pueblo —los legisladores—.
Esto es esencial para el normal funcionamiento de las
instituciones que buscamos defender.
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